“…desencantos de sirena que no sabe afinar
y seremos dos locos buscando el mar…”
Rulo y la Contrabanda
Érase una vez, en un tiempo y una edad muy lejos de aquí, un país de ensueño habitado por criaturas fantásticas. Las más increíble de todas era un cisne negro y dorado que, a pesar de ser admirado y codiciado por muchos, un buen día decidió abandonar la monotonía urbana de su estanque. Llevaba tiempo oteando de lejos una cueva que había al otro lado del lago, en la que vivía, según se rumoreaba, un animal precioso y huraño. Un ejemplar nada ejemplar de plantígrado gruñón que dedicaba la mitad de su vida a hibernar y la otra mitad a contonearse por el mundo.
El cisne llegó furtivo, y el atardecer teñía su plumaje de magia. Con una mezcla de desafío personal, egoísmo colonizador, y parte de exótica atracción, se empeñó con paciencia boticaria en sacar esa alimaña herida de su guarida, y le propuso llevarle en andas y volandas hasta el mar.
No sería un mar cualquiera. Era diferente, emotivo, espumoso, rebullente, eterno y nunca visto antes, por supuesto: lo prometían sus ojos apenas velados de tristeza, cuyos destellos dejaban vislumbrar el oleaje que se hallaba al final de ese viaje.
Le arrastró, pues, a bordo de un "monovoluble", por un largo camino rumbo al sur. A ese lugar del que ambos habían oído hablar, en el que todos los antepasados de su respectiva especie habían sido felices.
Cantaba La Shica “asialmar”, uno llevaba y el otro… se dejó llevar, seducido por ese reflejo y por el espejismo de la palabra gentil. Las mentiras tienen la nariz larga y las piernas cortas, dicen, pero ninguna indicación tenemos sobre cuellos perfumados, picos afrutados y miradas de sal.
Para cuando finalmente llegaron a la orilla, ya habían perdido el tiempo de la noción: eran una diáspora “sativa” de sentimientos en libertad que marchaban sedientos dunas a través. Dos almas que se esperaban mutuamente y que se encontraron en medio de una playa tan desierta como para que, de un momento a otro, apareciera una estatua de la libertad semi-enterrada.
Ya se habían desnudado, pero una nueva corriente se acercó:
- “¿Qué haces?... No, no, no te puedes bañar”.
- “¿Que q-q-qué?”
- “¡No te puedes bañar! Seguro que el agua está helada, que hay tiburones… que vienen medusas, que ¿no te parece raro que no haya nadie?... además, no nos hemos traído toalla… ¡Basta! Es hora de volver…”
- “Entonces ¿para qué coño me has traído hasta el mar?”
- “Para verlo”.
El cisne llegó furtivo, y el atardecer teñía su plumaje de magia. Con una mezcla de desafío personal, egoísmo colonizador, y parte de exótica atracción, se empeñó con paciencia boticaria en sacar esa alimaña herida de su guarida, y le propuso llevarle en andas y volandas hasta el mar.
No sería un mar cualquiera. Era diferente, emotivo, espumoso, rebullente, eterno y nunca visto antes, por supuesto: lo prometían sus ojos apenas velados de tristeza, cuyos destellos dejaban vislumbrar el oleaje que se hallaba al final de ese viaje.
Le arrastró, pues, a bordo de un "monovoluble", por un largo camino rumbo al sur. A ese lugar del que ambos habían oído hablar, en el que todos los antepasados de su respectiva especie habían sido felices.
Cantaba La Shica “asialmar”, uno llevaba y el otro… se dejó llevar, seducido por ese reflejo y por el espejismo de la palabra gentil. Las mentiras tienen la nariz larga y las piernas cortas, dicen, pero ninguna indicación tenemos sobre cuellos perfumados, picos afrutados y miradas de sal.
Para cuando finalmente llegaron a la orilla, ya habían perdido el tiempo de la noción: eran una diáspora “sativa” de sentimientos en libertad que marchaban sedientos dunas a través. Dos almas que se esperaban mutuamente y que se encontraron en medio de una playa tan desierta como para que, de un momento a otro, apareciera una estatua de la libertad semi-enterrada.
Ya se habían desnudado, pero una nueva corriente se acercó:
- “¿Qué haces?... No, no, no te puedes bañar”.
- “¿Que q-q-qué?”
- “¡No te puedes bañar! Seguro que el agua está helada, que hay tiburones… que vienen medusas, que ¿no te parece raro que no haya nadie?... además, no nos hemos traído toalla… ¡Basta! Es hora de volver…”
- “Entonces ¿para qué coño me has traído hasta el mar?”
- “Para verlo”.
... ... ...
Él no tarda en apartarse –ella es el peligro, la amenaza– y desvía la mirada hacia el horizonte. Golpeada por las olas, Christiana intenta asir sus músculos, clavar las uñas en su piel, aferrarse a la solidez de su pecho, ese asidero que le impedirá hundirse como un fardo.
Ambos permanecen en silencio hasta que él dice, casi avergonzado, en un susurro:
«Debemos regresar».
Ella lo mira con rencor; al cabo acata sus palabras, la maldita razón que siempre lo gobierna.
«Regresemos pues»- concede con un beso.
Un beso que no sabe a inicio ni a despedida, un beso que condensa su rabia, un último beso antes de volver sobre sus pasos, antes de conjurar el espejismo de la noche, antes de recuperar su vestido de lino blanco, antes de volver a la frivolidad del mundo, antes de regresar a la ciudad donde los esperan Will y Josephine unidos en su desventura.
Harry suelta la mano de Christiana y se dirige hacia el malecón. Es apenas un instante, pero un instante definitivo, porque ella se queda sola -sola como ahora, sola como siempre- en la espesura del mar.
[ La tejedora de sombras - Jorge Volpi ]


